Nuestra lucha no se trata de una mera elección estrecha entre opciones electorales dentro del actual régimen, sino de apostar por formas de organización económica y espiritual, cualitativamente superiores a la civilización burguesa, donde se garantiza la emancipación del proletariado y la democracia real. Es la lucha popular por la conquista de la civilización socialista, partiendo del estudio científico de las bases materiales que lo posibilitan y con el objetivo último del comunismo.

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23 de febrero de 2009

Realidades de la guerra que vive Colombia‏

Realidades de la guerra que vive Colombia

sábado, 14 de febrero de 2009

¿Por qué si se ha desmovilizado la mitad de las FARC y la otra huye acorralada por el Ejército, es necesario aumentar siete billones de pesos el presupuesto para combatirlas? Guerrilleros almorzando......foto:anncol

Gabriel Ángel

El suelo de la selva, durante el verano, adquiere una rica multiplicidad de tonos que van desde el rojo más suave al ocre intenso. Para esta época, es una delicia transitar bajo la sombra que regalan las ramas de los árboles gigantes, sin tropezarse con pantanos ni barrizales. El piso es firme, tanto que si la caminata es larga, consigue causar dolor en las plantas de los pies y hasta lastimar su piel. La alfombra formada por las hojas secas que caen unas tras otras de las ramas mecidas con suavidad por el viento, se convierte en una oportuna alarma que da cuenta del mínimo movimiento humano o animal en las cercanías.

La temporada seca comienza desde mediados de diciembre. Coincide con las celebraciones de navidad y año nuevo que tienen lugar en todas las unidades guerrilleras. Normalmente se matan gallinas y marranos, se preparan natillas, chicha y buñuelos. Se celebran grandes bailes que comienzan desde bien temprano en la mañana y terminan antes de que caiga la noche. Mientras la alegría de los revolucionarios se despliega de manera libre y fraterna, cruzan amenazantes por encima los helicópteros artillados y los aviones de guerra. La tropa puede hallarse a tres o cuatro kilómetros de distancia. No importa, decenas de ojos vigilantes permanecen atentos a sus movimientos.

Los comandos guerrilleros móviles, fuerzas ligeras y veloces de combate, jamás dan tregua al enemigo. Ubican con precisión sus campamentos de paso, siguen talentosos sus desplazamientos, hostigan en el momento más inesperado, siembran pequeñas minas a su paso, desesperan y paralizan al más osado batallón de la contraguerrilla. Los helicópteros harpía, formidables máquinas de destrucción y terror, se ven en aprietos cada día mayores para garantizar que los helicópteros de transporte de logística y tropa puedan cumplir su misión sin sobresaltos. Mientras los guerrilleros bailan al ritmo de la música de modernos aparatos de sonido, los soldados profesionales suplican por una llamada a casa.

Son realidades de la guerra que se libra en Colombia y de la cual la gente muy poco conoce, desinformada como está por completo por las grandes cadenas de prensa. Las versiones propagandísticas del ministro Santos, que todo los días conoce el paradero de los miembros del Secretariado de las FARC pero no consigue golpearlos, así como los fabulosos partes de guerra de los generales del Ejército y los constantes discursos del Presidente en los que se refiere a la oposición política armada en los peores términos, no logran transformar la verdad que retumba en el verano de la selva con la misma o superior fortaleza que las bombas que lanzan al vacío los supersónicos aviones de guerra.

Los mandos militares no sólo temen a los comandos móviles de las guerrillas, tienen sobre todo pavor a la acción concertada de varias compañías guerrilleras. Saben con exactitud que una patrulla que por equivocación, descuido o azar se aleje de las otras un trecho más allá de lo permitido, corre el riesgo de ser engullida de manera fulminante. El poderoso ejército de la seguridad democrática tiene miedo de ser duramente escarmentado. Y además, de ser desmentido de manera pública y aplastante. Su afán de golpear y derrotar, queda frenado en seco ante la mera posibilidad de sufrir un fracaso contundente a manos de la insurgencia revolucionaria cuya derrota ha proclamado tantas veces.

Es la única explicación de la serie de matanzas que dieron en llamar falsos positivos. Las Fuerzas Armadas no podían presentarle al país sus propias bajas, escandalosamente elevadas como silenciadas. Sería demasiado vergonzoso para ellas. Pero al menos podían presentar a la galería las bajas ocasionadas en las filas guerrilleras. Si no las había, o eran pocas, había que conseguirlas de algún modo. Una miserable mentira más de las que sin pudor alguno echan los poderosos a rodar en la guerra. Otras podrían ser la desaparición de los grupos paramilitares, ahora denominados bandas emergentes al servicio del narcotráfico, o el fin de los desplazamientos, que debieran llamarse destierros forzados, en lugar del ridículo artilugio grupos humanos en situación de desplazamiento que quieren imponer los medios.

Los guerrilleros de las FARC se hallan en el mejor estado este verano. Eso, obviamente, no lo dirán los noticieros. Llevan siete años librando la más dura fase de la guerra contra el imperialismo y la oligarquía. Cada uno de ellos es siete veces mejor combatiente que lo que era al empezar la gigantesca arremetida de sus enemigos. Atrás quedaron los planes Colombia y Patriota. Atrás quedaron las muertes de Raúl Reyes e Iván Ríos. Marchan iluminados por el ejemplo de sus invencibles fundadores Jacobo Arenas y Manuel Marulanda Vélez. En todos los rincones de Colombia, las FARC enfrentan con sorprendente valor a un ejército desconcertado por el tamaño de la resistencia. Y lo tienen mal, muy mal.

La militarización terrorista del Estado se multiplica sin tregua. Como embrujados por la estupidez, ninguno de los hacedores de opinión se pregunta por qué si las guerrillas están disminuidas, desmoralizadas y a punto de rendirse, cada día se hace necesario crear otro batallón de alta montaña u otra brigada móvil. Por qué si se ha desmovilizado la mitad de las FARC y la otra huye acorralada por el Ejército, es necesario aumentar siete billones de pesos el presupuesto para combatirlas. Por qué se necesitan más y más aviones bombarderos para destruir lo que ya está desmoronado. ¿No será más bien que nada resulta eficaz contra un disciplinado ejército revolucionario que cuenta con inmenso apoyo popular?

Las fuerzas militares colombianas se parecen cada vez más a esa ardilla que al comienzo de la película La era del Hielo 2, se esfuerza por evitar que se rompa la presa, tapando una a una con sus patas y luego con la trompa, las grietas que la presión del agua abre en la pared de hielo. El impetuoso torrente de la lucha armada revolucionaria, calumniada y negada mil veces por los apóstoles neoliberales del régimen, resultará inmensamente superior a sus enemigos. Hace buen tiempo en la selva, calor intenso. La carrera de una pequeña lagartija sobre las hojas secas induce a los matones profesionales llamados soldados voluntarios, a buscar protección contra el fuego que piensan se avecina tras la bulla. El cielo azul los observa. Sabe que están perdidos, un ave chilla por sus almas.


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